El Emergente

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Los rostros de la inmortalidad

Luis Aponte, Ángel Bravo y Teodoro Obregón cuentan sus aventuras en el beisbol


Luis Aponte, Ángel Bravo y Teodoro Obregón tienen algo en común con Andrés Galarraga, una de las mayores estrellas que ha dado el beisbol venezolano.

Los tres acompañarán en septiembre al inolvidable Gran Gato durante la ceremonia de exaltación del Salón de la Fama del beisbol en Venezuela, para el que fueron elegidos el 12 de abril, en un proceso en el que también fueron consagrados los fallecidos Lázaro Salazar y Pedro Padrón Panza.

En conversación con ESPNdeportes.com, los nuevos inmortales celebraron la escogencia y recordaron su paso por la pelota. Estas son sus historias.

Luis Aponte
CON EL FAVOR DE DIOS

La carrera de Luis Aponte llegó a ser tan difícil, que una vez rechazó un ascenso a triple A, con tal de no perder las condiciones de alojamiento que tenía en Bristol, donde quedaba la sucursal doble A de los Medias Rojas.

Aponte, que llegó a las grandes ligas con 27 años de edad, en 1980, tuvo que superar lesiones, aprender nuevos pitcheos y soportar la estrechez económica, para convertirse en el relevista venezolano más dominante de su tiempo.

El largo viaje de este ex lanzador derecho, hoy dedicado a su finca «y a predicar el Evangelio», es parte de un plan maestro que él acepta gustoso.

«Le doy gracias a Dios por esta buena noticia, toda la gloria para Él», señaló desde su casa, en las afueras de Barcelona, en el oriente del país. «Siempre me preparé para el momento en que estaría alejado del beisbol, como hoy. Aunque nunca se sabe qué nos traerá el futuro».

Aponte acumuló 73 juegos salvados entre 1973 y 1997 con los Cardenales de Lara y los Caribes de Oriente, para implantar una marca en el circuito invernal venezolano. Fue luego un exitoso gerente deportivo del equipo con sede en Puerto La Cruz y un valioso súper scout de los Indios de Cleveland, hasta que un escándalo con la firma de peloteros de los indígenas le llevó al retiro.

La muy sonora trayectoria de este anzoatiguense de 57 años de edad tardó, sin embargo, en enrumbarse con destino al Salón de la Fama del beisbol venezolano, para el cual fue elegido hace una semana.

«Aponte era un pitcher del montón, hasta que aprendió a lanzar en las esquinas y a tirar la bola de tenedor», recordó Domingo Álvarez, que a finales de los años 70 escribía en El Nacional. «Con eso, Aponte se convirtió en grandeliga».

El punto de inflexión ocurrió en enero de 1980. El nuevo inmortal no lo olvida.

«Pasó de un año para otro», apuntó. «Vine a relevar contra La Guaira en un playoff, con tres hombres en base, y saqué el cero. Eso le abrió los ojos a mucha gente».

Aponte firmó con Boston y a partir de allí despegó. Trabajó en las mayores en las siguientes cinco campañas, la última con Cleveland, y entre octubre de 1980 y diciembre de 1991 sumó 70 de sus 73 rescates con Lara y Oriente. Se despidió con 2.98 de efectividad en Venezuela y 3.27 en grandes ligas.

El momento de mayor significado para él, sin embargo, llegó en las menores, en 1981, cuando cubrió cuatro innings en blanco, con nueve ponches, en el encuentro más largo en la historia de la pelota profesional, disputado entre Pawtucket y Rochester.

«Siempre bromeo porque entré al Salón de la Fama de Cooperstown antes que Luis Aparicio, gracias a ese juego de 33 innings», rió. «Allá en Cooperstown hay un rinconcito dedicado a ese episodio y aparece mi nombre».

Hoy mantiene su conexión con el diamante, a través de los compatriotas que firmó y aún brillan en las mayores; Víctor Martínez, Marco Scutaro y Maicer Izturis, por ejemplo, a quienes sigue por la televisión. Y espera el momento de viajar a Valencia y vivir, junto con toda su familia, su exaltación al Salón de la Fama.

Aponte recuerda con agradecimiento a la familia que le alojó gratuitamente en Bristol –a él, su esposa e hijos–, cuando se reportó por primera vez a las filiales de los Medias Rojas, después de abrir ojos en la postemporada local.

«La casa quedaba cerca de un supermercado y nosotros no teníamos carro», contó. «Era perfecto. Por eso, cuando me anunciaron que me subían a triple A, les pedí que lo pensaran, que me permitieran quedarme en Bristol. Dos o tres semanas después me convencieron, diciéndome que para ir a las grandes ligas tenía que pasar por triple A. Yo no lo sabía».

Aponte debutó con los patirrojos en septiembre de 1980. Su ruta a la inmortalidad había comenzando.

«Para mí, esto es comparable con un artista famoso, que pinta un cuadro muy hermoso, pero olvida ponerle la firma», sentenció. «Ser elegido al Salón de la Fama es como ponerle la firma al cuadro, con la Gracia de Dios».

Angel Bravo
A TODA CARRERA

El niño sentado en los bancos de la derecha del estadio Universitario no podía creerlo. El famoso Ángel Bravo corría en tercera base cuando, con un foul fly que el inicialista atrapó sin muchos problemas, al borde de la tribuna, el veterano se desprendió a toda velocidad hacia el home, para sorpresa del primera base.

¿Un intento de sacrifly con un elevado al cuadro? ¿Dónde se había visto eso?

«Mi ventaja como pelotero siempre fue la velocidad», apuntó Bravo, poco después de saber que su efigie estará entre aquellas que se destacan en el Museo del Beisbol venezolano, como nuevo integrante del Salón de la Fama. «Yo corría mucho. Durante muchos años tuve el récord de 33 bases robadas en una temporada».

Este zuliano nacido hace 68 años en Santa Rita fue uno de los toleteros más prolíficos de su país.

Todavía clama que es el séptimo bateador con más de 1.000 hits en la nación suramericana («Son 1.136, para ser exactos»), aunque una investigación de la Enciclopedia del Beisbol en Venezuela sólo ha podido recopilar 58 de sus cohetes en la desaparecida Liga Occidental, con Pastora, Cabimas y Rapiños, para sumarlos a los 911 que descargó con los Tiburones de La Guaira, los Industriales de Valencia, los Llaneros de Portuguesa y los Leones del Caracas en el circuito central, entre 1961 y 1980.

Bravo terminó siete veces sobre .300, escamoteó 119 almohadillas y, en junio de 1969, se convirtió en el décimo séptimo venezolano en las grandes ligas.

«No puedo olvidar cuando me subieron los Medias Blancas de Chicago», admitió. «Fue el mejor momento de mi vida. Entonces era muy difícil llegar».

Bravo llegó a Nueva York, a tiempo para debutar contra los Yanquis en uno de los principales templos del beisbol.

«Iba a abrir Mel Stottlemyre», relató «y (Luis) Aparicio me dijo: ‘Ese tira puro slider y sinker. Cuando viene con recta, la tira arriba. Y yo, al primer pitcheo, le di un triple. No se me puede olvidar».

Tampoco olvida su mayor demostración de poder, la tarde que le sacó dos jonrones en el Universitario a Isaías «Látigo» Chávez, la estrella del montículo en Venezuela durante los años 60.

«Yo no era jonronero», señaló entre risas el zuliano. «Por eso, cuando entré a dugout, todos mis compañeros estaban tirados en el piso, como si se hubieran caído para atrás de la sorpresa, después del segundo cuadrangular».

A Bravo todavía puede escuchársele vocear en esa misma cueva de los Tiburones, donde trabaja como coach.

«Es un elemento clave en nuestro cuerpo técnico, especialmente en estos años de cambios para La Guaira», afirmó Antonio José Herrera, vicepresidente de los escualos.

El espaldarazo contradice la idea inicial de Bravo, quien ya no esperaba la inmortalidad.

«Pensé que se habían olvidado de mí», terció, con buen humor. «Estoy muy contento, sobre todo por mis hijos y mis nietos. Lo logré por mi esfuerzo, porque siempre jugué al ciento por ciento, siempre llegué temprano, siempre corrí con intensidad. Pero claro, ustedes, los más jóvenes, no pudieron verme».

Error. Aquel niño sentado en los bancos del Universitario hoy escribe esta columna. Así que le contamos cómo nos llenó de asombro ver a aquella tromba salir en carrera hacia el plato, con un simple elevado detrás de la inicial.

«Es verdad, eso pasó así», exclamó Bravo. «Y llegué quieto».

Teodoro Obregón
EL FENÓMENO CARAQUEÑO

El torpedero venezolano más seguro y elegante de todos los tiempos quizás no haya sido Luis Aparicio u Omar Vizquel.

Dicen algunos periodistas, miembros de la vieja guardia, que el shortstop con mejor guante nacido en la nación productora de los más brillantes campocortos nunca jugó en las grandes ligas, acaba de ser exaltado al Salón de la Fama del beisbol de su país y se llama Francisco José Obregón, aunque todos le conocen como Teodoro.

«Teodoro fue una súper maravilla», afirmó Domingo Álvarez, reportero de larga data y actual gerente general de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional. «Lo vi fildeando muchas, muchas veces. Fue uno de los mejores».

Obregón recuerda que en una ocasión fue al estadio Universitario, a presenciar un duelo entre los escualos y los Leones del Caracas, deseoso de ver a sus herederos. Corrían los años 80.

«Jugaba Vizquel contra (Oswaldo) Guillén», comentó el infielder caraqueño, quien cumplirá en diciembre 76 años de edad. «Yo quería ver a esos dos fenómenos, de quienes todos estaban hablando. Y me encontré con Carlos Castillo, quien fue mi compañero de dobleplays con los Industriales de Valencia».

Castillo le hizo un recordatorio al humilde capitalino: «Acuérdate que tú también fuiste un fenómeno. Yo lo vi, nadie me lo contó».

Obregón fue pieza importante en aquellos Industriales que hace medio siglo formaron la más férrea dinastía de la liga profesional venezolana, hasta la aparición de los Tigres de Aragua en la década recién finalizada.

Valencia ganó cinco campeonatos de siete posibles a partir de la temporada 1955-56, con una pléyade de astros venezolanos y la conducción del gran Regino Otero.

«A ese equipo era bien difícil ganarle», terció Obregón. «Hasta los importados que venían se contagiaban con el entusiasmo que le inyectábamos los criollos. Mis mejores años fueron con el Valencia, aunque, parece mentira, la gente me recuerda más con el Caracas».

Obregón bateó para .259 en 19 campañas, desde la 1956-57 hasta la 1974-75. Sus últimas dos zafras vistió el uniforme de los Cardenales de Lara y, aunque se sigue hablando de su guante, tuvo buenos momentos con el madero. Dejó .342 en el torneo 1959-60 y ligó para .311 en el 1961-62.

Sus 17 años de servicio en las menores y su segura defensiva no le alcanzaron, sin embargo, para jugar en las grandes ligas, el único sueño incumplido en su carrera.

«Estuve cerca, tres veces», rememoró. «Pero Cincinnati nunca quiso».

Cuenta Obregón que en 1960, luego de su segunda temporada en el norte, con el Visalia, en clase C, los Cardenales ofrecieron cuatro peloteros a los Rojos, para adquirir al torpedero y convertirlo en su shortstop. Luego, en 1962, jugando a préstamo con el Syracuse, sucursal triple A de los Mets, recibió el anuncio de que sería subido para sustituir a su compatriota Elio Chacón en Nueva York, si acaso los escarlatas accedían a cederle definitivamente.

«Pero Cincinnati no quiso vender mi contrato ni cambiarme», lamentó el caraqueño.

Aún tuvo una tercera oportunidad, con Atlanta, ya en 1969.

«Nombraron manager a Lum Harris, que me conocía de las menores, y llegó a los entrenamientos diciendo que ya tenía un shortstop, y que era yo. ‘El puesto es tuyo’, me dijo días después (Orlando) Cepeda. Pero Sonny Jackson, que tenía tiempo con los Bravos, se echó el equipo al hombro con el bate en los entrenamientos y la organización lo prefirió a él».

Es el único mal recuerdo que confiesa Obregón, mientras recorre con conmovedora memoria su paso por la pelota.

«Hubiera querido jugar en esta época, porque la mía fue difícil, fuimos muy mal pagados», admitió. «Pero estoy muy feliz y agradecido con quienes me han llevado a nuestro Salón de la Fama. Siempre disfruté el beisbol como un niño: me despertaba con el uniforme puesto todos los días. Una vez le dije a mi esposa que me identificaba con Vizquel por ese entusiasmo, esa alegría que se le nota cuando juega. ‘Yo sé, yo te vi jugando’, me respondió ella. Y es verdad».

Obregón estaba por entrar a la adolescencia cuando se enteró de que su verdadero nombre era Francisco José.

«Todo el mundo me llamaba Teodoro, como mi padre, pero a él no le gustaba ese nombre y, sin decirle a nadie, me registró como Francisco José», rió el ex infielder. «Lo supe cuando tenía 12 o 13 años de edad. Por eso en el norte me decían Frank. Pero siempre he sido Teodoro».

El padre murió antes de ver jugar a su hijo en el profesional. Fue él quien le llevó por primera vez a un diamante y su recuerdo sigue vivo. Por eso, al entrar al Salón de la Fama, tuvo una mención para él: «Viejo, no jugué en las grandes ligas. Pero tu nombre ya es inmortal».

Publicado en ESPNdeportes.com, el martes 20 de abril de 2010.

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