El Emergente

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La integridad del juego

Porqué el comisionado Bud Selig debe intervenir y hacer justicia

ESPNdeportes.com
La clave está en las palabras del comisionado Bud Selig: «El elemento humano siempre ha sido una parte integral de este deporte».

Al beisbol de las grandes ligas le ha costado usualmente aceptar que son necesarios ciertos cambios, ciertas veces.

La lucha antidopaje, por ejemplo, comenzó únicamente cuando la situación era insostenible y el Congreso de los Estados Unidos estaba dispuesto a intervenir, hace poco más de un lustro, aunque el presidente Ronald Reagan había dictaminado en 1988 que el libre consumo de esteroides era ilegal y aunque el comisionado Fay Vincent los había prohibido en 1991.

A ese ritmo suelen moverse las cosas en las mayores.

La introducción de las repeticiones de TV para decidir jugadas polémicas ocurrió apenas en 2008, mucho después de que lo hicieran el fútbol americano, el hockey profesional y el circuito de la ATP. Y en la pelota sólo se permite revisar polémicos jonrones, nada más.

Por eso estamos seguros que la peor pesadilla de Selig ocurrió con el juego perfecto que Armando Galarraga lanzó el miércoles, apenas el 21° en la historia y el único que, seguramente, podrá completar el venezolano en su carrera (nadie, jamás, ha podido repetir la hazaña. ¿Quién asegura que él sí lo hará?).

Ante la marejada de comentarios y artículos de prensa escritos después de que el umpire Jim Joyce fallara estrepitosamente en la jugada del out 27, el comisionado ha vuelto a caminar de puntillas. Lo ha dicho todo, sin decir nada.

Selig felicitó al pitcher, al árbitro y al alto mando de los Tigres de Detroit por el modo caballeroso y ejemplarizante con que manejaron la crisis. Al menos no pudo evadir la exigencia de evaluar la ampliación de las repeticiones de TV como método auxiliar en la toma de decisiones, aunque dijo a sus colaboradores más cercanos, según reportes no confirmados, que no revisará la errada sentencia que le costó a Galarraga su lugar en la historia.

El ejecutivo se cuidará durante un tiempo de decir que lo hecho por Joyce es irreversible, aunque el propio umpire no deseara que fuera así. Está apostando a que el tiempo mitigue la indignación, la frustración y el dolor que comenzaron cuando un error humano estropeó un juego perfecto.

Quedará en manos de columnistas, aficionados y personalidades del beisbol no dejar morir el debate. Curt Schilling, uno de los últimos en intervenir, exige que se reescriba la historia y se corrija el yerro. Hasta la Casa Blanca ha apoyado esa moción.

Es verdad: lo que proponen Schilling y varios columnistas de alto vuelo no está estipulado en las reglas.

Es verdad: tomar una medida en retroactivo puede servir de justificación para alegar otro tanto en cualquier momento, en cualquier partido.

Sólo en octubre de 2009 ocurrieron decisiones arbitrales discutibles que posiblemente cambiaron el destino de dos clubes: los Tigres de Detroit, primero, en el juego extra de desempate ante los Mellizos de Minnesota, y los propios gemelos, luego, en la serie contra los Yanquis de Nueva York. Son frecuentes las equivocaciones de los jueces.

Pero Selig tiene el poder para hacer cambios sobre la marcha, aún saltándose las reglas. Lo demostró en plena Serie Mundial de 2008. Y lo más importante, tiene el poder para ser muy específico sobre qué condiciones debe tener una excepción, si la hubiera.

En este caso tiene que haberla. Todos sabemos que Galarraga tiró un juego perfecto, incluyendo al propio Joyce, y es absurdo asumir, como en el teatro clásico griego, que la tragedia es inevitable, sin importar lo que los héroes sean capaces de intentar para impedirlo.

Aludir el factor humano como un componente esencial en este deporte es comparable con quien rechaza los adelantos médicos del siglo 21 y prefiere ser tratado por galenos que desconocen o desestiman las nuevas tecnologías y métodos para el combate de las enfermedades de antaño.

No defenderemos aquí la ampliación de las repeticiones de TV para uso de los hombres de azul. Eso es algo que llegará, tarde o temprano, como ha pasado en otros circuitos profesionales. Dejará un día de ser una revolución para convertirse en algo sobreentendido. Hasta los umpires agradecerán disponer de un arma más para dictar buenas sentencias.

Aquí defendemos otra cosa: el juego perfecto de Galarraga.

Es precisamente por «la integridad del juego», ese intangible tantas veces citado por Selig, que el comisionado debe intervenir.

¿Cuántos juegos perfectos habían ocurrido en 129 años de grandes ligas? Apenas 20. ¿Y cuántos encuentros fueron malogrados por una mala decisión arbitral, fácil y unánimemente comprobable, después de 26 outs? Ninguno.

(No, Milt Pappas, el tuyo técnicamente no es el mismo caso. Aquí un árbitro ha admitido públicamente su error, ha llorado por ello y siente que su carrera quedará marcada por un pecado, en lugar de relucir sus casi 22 años de impecable servicio. En tu caso no es así.)

Lo que ocurrió con Galarraga es tan improbable, tan inconcebible, que justifica ser tomado como la excepción de todas las reglas. ¿Quién sabía que algo así sucedería?

Si Joyce se hubiera equivocado en otro inning, no se justificaría una intervención in extremis del comisionado. Aunque aquel siguiera siendo el único bateador embasado, sabemos que no es lo mismo lidiar con la presión de mantener un juego perfecto hasta el bateador 27 que lidiar con un blanqueo de un hit.

Se trata de que los libros digan lo que realmente sucedió aquella velada en el Comerica Park. Se trata de darle a Galarraga el lugar que se merece en la historia, y a todos los amantes de este deporte, la posibilidad de disfrutar de una hazaña que aplaudimos sin excepción.

Se trata de entender que a veces es más importante la justicia que las propias leyes.

Hay que hacer justicia con el juego perfecto de Galarraga.

Selig tiene el poder para esperar hasta el momento de anunciar los inminentes cambios en el arbitraje; tiene el poder para dejar en claro porqué estamos delante de una excepción y porqué su aceptación no representa abrir una caja de Pandora; tiene el poder para explicarle al mundo que la integridad del juego exige dar a cada quien lo que merece, en lugar de aceptar como irremediable y necesaria la convivencia con el error humano.

Si una regla impide hacer justicia, esa regla está errada.

Galarraga hizo su parte para entrar a la historia. Como custodio de la integridad del juego, le toca a Selig refrendarlo.

Publicado en ESPNdeportes.com, el domingo 6 de junio de 2010.

One thought on “La integridad del juego

  1. La mejor exposición que te he leído Nacho, sin embargo, de Selig podemos esperar cualquier cosa menos lo adecuado. La frase con la que terminas está de perla.

    Ahora lo que yo critico es el doble standard de MLB al criticar o al menos admitir el error, pero decir "nada se puede hacer" así como la edulcorada y hollywoodense escena del umpire llorando. Esa no me la como. Galarraga es más inteligente que yo, dio la otra mejilla y le regalaron un carro, aunque con USD 400.000,00 al año como mínimo, creo que el mismo hubiese podido comprarse uno.

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