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Memorias del Fenway Park

Antonio Armas y Luis Aponte comparten sus recuerdos del lugar. Los dos miembros del Salón de la Fama del beisbol venezolano hablaron de sus experiencias en el centenario parque

Antonio Armas y Luis Aponte fueron héroes y víctimas en el Fenway Park.

Los dos criollos, miembros del Salón de la Fama del beisbol venezolano, coincidieron en el roster de los Medias Rojas, en los años 80. Casi tres décadas después coinciden también en que no hay fanaticada en las grandes ligas igual a la que cada día llena el legendario estadio, que este fin de semana llegó a sus 100 años.

“Era emocionante jugar allí”, recordó Armas, que entre 1983 y 1986 ocupó un lugar en el medio de la alineación patirroja.

“Es totalmente diferente a todos los parques en los que yo jugué”, añadió Aponte, que lanzó para los bostonianos entre 1980 y 1983. “El publico es el que mas se asemeja al de Venezuela. Está muy cerquita del terreno y se metían con nosotros, como aquí. Es un parque muy original”.

La casa de Babe Ruth. El Fenway Park abrió sus puertas el 20 de abril de 1912. Fue el primer hogar de Babe Ruth en las grandes ligas, la sede de una dinastía que se marchitó cuando Ruth fue cambiado a Nueva York.

Los Medias Rojas y los Yanquis, por entonces aún llamados Highlanders, estrenaron el lugar hace exactamente un siglo. Muy pocas cosas han cambiado desde entonces, pues la edificación se convirtió en un templo semejante al Wrigley Field de Chicago, verdaderos museos de cómo era la pelota a comienzos del siglo 20.

“Ese estadio es acogedor, pero raro”, rió Armas. “Te da jonrones y te los quita también. Hay líneas que saldrían en cualquier otro estadio, pero allí dan contra la pared y son hit. Hay elevados que sería out en otras partes, pero allí son un jonrón”.

El Monstruo Verde, la descomunal pared del corto jardín izquierdo, aludido por el slugger de Puerto Píritu, es apenas una de las muchas peculiaridades del sitio.

“El clubhouse es pequeñito, uno estaba pegadito a los demás compañeros, a diferencia de los estadios modernos que hacen hoy”, recordó Aponte.

Antonio Armas

“Pero no era incómodo”, terció Armas. “Incómodo era el dugout. Era muy bajito y mucha gente se daba su cocotazo cuando salía del clubhouse. Y (la cueva) tiene unas columnas, igual que las tribunas”.

Es imposible ampliar el parque sin demoler buena parte de la tradición. El Monstruo Verde está allí porque detrás pasa una calle, que no permite alargar el left. En las tribunas no caben 40.000 personas, el único campo de grandes ligas que no llega a esa cifra. El palco de prensa es casi una platabanda sobre el home.

“La jaula de bateo queda en el centerfield”, agregó Aponte, divertido. “Si querías ir allá, tenías que cruzar todo el estadio. Y el bullpen de los dos equipos queda en el rightfield. Pegaditos. Uno después del otro”.

El ex relevista, que en sus cuatro temporadas con Boston tuvo una brillante efectividad ajustada de 143, es decir, una efectividad 43 por ciento mejor que la del promedio de la liga en los escenarios donde él lanzó, solía aprovechar la cercanía de los dos bullpen para conversar sobre el juego y la vida con sus amigos de otras divisas.

“Nos separaba sólo una cerca, así que podíamos hablar con ellos todo el tiempo”, apuntó el nativo de El Tigre.

“Esa esquina del bullpen, en el centerfield, era lo más difícil, lo más duro de jugar allí”, advirtió Armas, recordando la peculiar silueta del Fenway. “Lo demás era fácil, sobre todo porque (Dwight) Evans en el right cubría bastante terreno y (Jim) Rice tenía dominada la pared del left”.

El público en Boston. En la silueta del centenario parque también sobresale una mínima zona de foul, que convertía el sitio en una experiencia extrema para los peloteros.

“La gente estaba muy cerca de nosotros, podíamos verle a los ojos”, soltó Aponte. “Como en el Universitario o en (el Antonio Herrera Gutiérrez de) Barquisimeto. El público se metía con nosotros. Casi siempre lo hacían respetuosamente, pero algunas veces se pasaban”.

Armas todavía lo tiene presente. Su primera experiencia como local en el Fenway pudo ser la última, de haberse cumplido lo que le pidió a su agente, al poco tiempo de comenzar la campaña de 1983.

“Estuve a punto de volverme loco, no aguantaba la presión”, citó el toletero, que en 1989 se retiró como el venezolano con más vuelacercas en la historia de las mayores. “Me decían de todo. Le pedí a mi abogado que hablara con los dueños, que me cambiaran. Ese año di 36 jonrones y empujé 107 carreras, pero no les gustaba que no tuviera mucho average. Y yo nunca tuve mucho average”.

Armas ligó para .218 en aquel campeonato, su primero con los Medias Rojas, luego de tres sólidas cosechas con los Atléticos, incluyendo un liderato compartido de cuadrangulares en 1981.

“Fue tan fuerte, que empecé a ponerme algodón en los oídos, pero resultó peor”, prosiguió el ex toletero derecho. “Los fanáticos empezaron a comprar algodón y se ponían grandes pedazos en las orejas, dejándolos colgar como zarcillos, burlándose. Al final, el manager Ralph Houk habló conmigo, comencé a subir mi average y todo cambió. Lo mejor que me pudo pasar en Boston fue ganarme a la afición”.

Luis Aponte

“El Fenway fue mi estadio favorito, aunque se metieran con uno”, reiteró Aponte. “Y cuando las cosas no iban bien, podían gritarte cualquier cosa, como las veces que me decían que me comprara el pasaje para volver a Venezuela, porque si no, ellos me lo iban a comprar”.

El ex serpentinero se rió, al intercalar de inmediato las buenas historias que también le dejó el histórico lugar. Porque él, como su compatriota, fue víctima, pero también héroe del Fenway Park.

“En 1981, en triple A, con el Pawtucket, participé en el juego más largo de la historia del beisbol profesional”, citó Aponte. “Ese año me subieron, y en septiembre participé también en el juego más largo en la historia del estadio. Duró 20 innings, contra los Marineros. Esa noche lanzó todo el mundo y yo tiré cuatro innings en blanco”.

Un campo muy especial

Antonio Armas tuvo que trabajar horas extras para aprender a domeñar el Monstruo Verde.

“Lo más incómodo a la defensiva era jugar la pelota que pegaba de la pared”, admitió el ex outfielder. “Yo iba temprano al estadio y ponía a un coach a batear elevados (contra el enorme muro). Así fui aprendiendo los botes que daba y me fui acostumbrando. Por suerte, sólo disputé unos pocos juegos en el left. Cualquier fly pegaba allí. Pero (Carl) Yastrzemski sí era un fenómeno jugando en el left”.

Luis Aponte aprovechó sus características como monticulista para dejar buenos números en el Fenway Park, un estadio de tendencia marcadamente favorable a los bateadores.

“Me adapté rápidamente, porque el secreto para triunfar ahí es pitchear pegado”, comentó el antiguo bombero. “Yo pitcheaba pegado porque era un lanzador de sinker, así que no me hicieron mucho daño. El éxito en Boston se consigue al no dejar que la gente extienda los brazos, porque cualquier fly pegaba de la pared. Por eso, nunca me mortificó lanzar allá”.

La cifra
20

peloteros venezolanos han jugado en el Fenway Park como miembros de los Medias Rojas. De ellos, 7 han sido lanzadores: Luis Aponte, Richard Garcés, Ugueth Urbina, Géremi González, Enrique González, Félix Doubront y Franklin Morales. Los otros 13 son Luis Aparicio, Baudilio Díaz, Antonio Armas, Carlos Quintana, Alex Delgado, José Francisco Malavé, Alejandro Machado, Roberto Petagine, Alex González, Víctor Martínez, Niuman Romero, Gustavo Molina y Marco Scutaro

Los primeros

El primer venezolano en jugar en el Fenway Park fue el Patón Carrasquel, en 1939.

El primero criollo en jugar como local para los Medias Rojas fue Luis Aparicio, en 1971.

El primer nativo en lanzar para los patirrojos sobre el morrito del legendario escenario fue Luis Aponte, en 1981.

Publicado en El Nacional, el domingo 22 de abril de 2012.

2 thoughts on “Memorias del Fenway Park

  1. Luis Aponte aparece en el excelente libro "Bottom of the 33rd: Hope, Redemption, and Baseball's Longest Game," por Dan Barry. Es una historia del juego de 33 innings que él menciona.

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