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¿Por qué es buen negocio cuidar a un lanzador?

Este es un fragmento de una columna que escribí hace casi dos años. Explica por qué no es descabellado limitar el número de pitcheos o innings de un lanzador

Suele repetirse hasta la saciedad que muchas organizaciones hoy en día miman excesivamente a los lanzadores, para evitarles lesiones, mientras que hace 30 o 40 años no lo hacían y no se lesionaban.

(Hay un error de principio en ese último planteamiento. Es casi imposible saber cuántos ases en potencia perdieron el tren de la historia debido a los problemas físicos. Jim Bouton, por ejemplo, tuvo dos grandes temporadas con los Yanquis a los 24 y 25 años de edad, hasta que el codo diestro no aguantó. ¿Cómo saber que él no era el nuevo Whitey Ford? La ciencia de las estadísticas sólo puede trabajar con hechos, no con futuribles. No se puede medir lo que no existió. Y aún así, sobran pruebas de que los pitchers de antes también se lesionaban y perdían sus carreras. Como Bouton.)

Antes de comenzar el análisis, establezcamos una primera diferencia entre aquellos años y el presente: el salario mínimo en las grandes ligas es 400.000 dólares, probablemente mucho más que el dinero que usted, lector, y este periodista juntaremos en todas nuestras vidas. Un monticulista que encabeza una rotación recibe entre 10 y 18 millones de dólares al año, incluso más, si vemos los casos de CC Sabathia, Johan Santana y Barry Zito (sí, Barry Zito; así de botaratas fueron los Gigantes en su momento).

Los ases son hoy por hoy una inversión notable. Pero esta no es la justificación primaria.

En realidad, abundan los estudios que justifican la moderación en el número de innings y pitcheos que debe realizar un tirador, contradiciendo a los tradicionalistas. Estos consideran una herejía sacar del morrito a un monticulista que llega al noveno con un blanqueo de, por ejemplo, 120 o 130 envíos. También consideran indiferente recorrer 150, 200 o 250 innings en una zafra. Eso no dañó a Nolan Ryan, suelen repetir.

Pues resulta que Nolan Ryan era un tipo con suerte.

Las organizaciones de grandes ligas basan sus decisiones en estudios nada desdeñables. En  1989, por ejemplo, se dio a conocer una investigación realizada por Craig Wright y Tom House, quienes evaluaron el desempeño de centenares de lanzadores y descubrieron que los más jóvenes que enfrentaban un alto número de bateadores por partido tendían a visitar con más frecuencia la lista de incapacitados.

Rany Jazayerli, de Baseball Prospectus, amplió el estudio unos años después, evaluando el número de pitcheos por juego y las lesiones que posteriormente sufrió cada lanzador, cuando las hubo. La conclusión de Jazayerli fue esclarecedora: “Lanzar no es peligroso para el brazo de un pitcher. Lanzar cansado es lo que resulta peligroso para el brazo de un pitcher”.

Ya en 2001, el cruce de información entre el número de envíos que realiza un tirador y sus entradas a la lista de incapacitados permitió trazar una tabla, según la cual el riesgo es mínimo cuando alguien trabaja con regularidad hasta los 100 pitcheos, pero la probabilidad de lastimarse va incrementándose exponencialmente, cuando su costumbre es ir más allá.

Según ese estudio, el riesgo de lesionarse en un futuro es tres veces mayor para alguien que promedia 110 envíos por salida que para otro que promedia 115.

Recuerden: no hablamos de ir lejos en una salida eventual. Hablamos de esforzarse una y otra vez más allá del límite. De 110 a 115 parece poca diferencia, en cuanto al trabajo extra por presentación, pero las estadísticas son brutalmente reveladoras en cuanto al daño al que se expone el monticulista en cuestión.

Vayamos más allá: la investigación de Baseball Prospectus probó que alguien que promedie 125 pitcheos en una campaña tiene 15 veces más posibilidades de lesionarse en el futuro cercano, que otro cuya media sea 110. ¡15 veces más!

No sólo las lesiones afectan un brazo exigido hasta el exceso. Lo mismo va para el rendimiento.

Baseball Prospectus probó que existe la tendencia al declive estadístico, conforme se abusa del brazo, e igualmente deberíamos recordar cuál fue el diagnóstico de los médicos que enviaron a Johan Santana al quirófano, el mes pasado: desgaste por sobreuso, lo que en inglés se define como «wear and tear«.

Hace no mucho, en esta misma década, Tom Verducci, el más reputado analista de Sports Illustrated, y el coach de lanzadores Rick Peterson, entonces con Oakland, encontraron que los monticulistas de 25 años de edad o menos que incrementan 30 innings o más de una campaña para otra tienen un alto riesgo de lesionarse en la tercera zafra.

¿Qué tanto riesgo? Véanlo ustedes mismos: 30 de los 34 pitchers que entre 2006 y 2009 cruzaron esa raya, llamada el Efecto Verducci, terminaron lesionándose un año después.

Fragmentos de la columna publicada  en El Nacional, el domingo 3 de octubre de 2010.  

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