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El Emergente. Miguel Cabrera, Yasiel Puig y la reprimenda de los Marlins

Los desplantes del astro cubano nos llevaron a recordar un episodio de juventud del aragüeño y de cómo éste ha cambiado su imagen y su carrera

Miguel Cabrera, por entonces un joven de brillante presente y futuro

Hace unos ocho
años, un joven astro con 22 o 23 años de edad, llegado poco antes a las grandes
ligas, recibió un llamado de atención.

El manager
de la divisa y el pelotero con más experiencia en el roster no sólo hablaron
con el jugador; también con la prensa, para dejar en claro que el beisbol es más
grande que cualquiera de sus protagonistas y que, en un deporte de equipo,
importa más el colectivo que lo individual.
El joven
que entonces estaba en el centro de atención era Miguel Cabrera, nada menos.

Jack
McKeon, piloto campeón de la Serie Mundial de 2003, fue el dirigente. Jeff
Conine, el líder de la cueva en Miami, fue el encargado de llevar el asunto a
los medios de comunicación.
El objeto
de la reprimenda, advirtió Conine, era hacer ver al aragüeño que, como reza el
lugar común, el nombre que aparece en el pecho del uniforme es más trascendente
que el apellido en la espalda.
Cabrera ya
era la principal figura de los Marlins. En todas sus temporadas con el equipo,
a partir de 2004, empujó al menos 100 carreras y apenas en una no dio 30
cuadrangulares.
Había
justificado plenamente el bono millonario que los peces habían pagado por su
firma. Pero faltaba algo en la actitud de aquel muchacho que, de no haber sido pelotero,
estaría todavía en ese momento dedicado al estudio o buscando trabajo; algo que
Conine había advertido en la conducta diaria del jugador.
Cabrera
aprendió la lección. Le tomó tiempo, como a todos nos toma tiempo aprender. Protagonizó
al menos un par de episodios más, que le pusieron otra vez en las páginas de
los diarios y que habrían llevado a Conine a intervenir, de haberse mantenido
ambos en el mismo equipo. Pero nadie puede negar el dramático cambio que el
nativo de Maracay ha hecho en su vida.
En los años
recientes, ha sido noticia por sus batazos y por su labor con una fundación
dedicada a auspiciar el beisbol infantil.
Dos veces
consecutivas ha sido nominado por sus propios compañeros al premio Roberto
Clemente, el galardón que reconoce al pelotero de cada club que combina la
excelencia deportiva con la labor comunitaria, como en su momento hizo el boricua
inmortal.
Buena parte
de ese brillo que hoy hace lucir al toletero derecho se debe a la paz que ha
logrado, al equilibrio que le dio el aprendizaje.
¿Recordará aquel
episodio, aquellas palabras de Conine? Algún día se lo preguntaremos. Pero es
posible que hoy sea el mejor bateador del beisbol gracias a que pudo centrar su
vida y su energía, hasta convertirse en el deportista y el hombre público que ahora
todos aplaudimos.
Todo eso
pasó por nuestra mente al ver a Yasiel Puig quedarse en el home, parado, con
los brazos en alto, celebrando la forma en que conectó un envío de Adam Wainwright,
el lunes.
Le dio en
el medio a la pelota, con el centro del bate. Pero no deja de ser una ridiculez
festejar de tal modo un batazo que al final ni siquiera sale del parque, que se
estrella contra la pared.
Quizás Puig
no habría conseguido un jonrón dentro del campo, con esa conexión, aunque es lícito
sospecharlo; después de todo, puso a correr con el rebote de la pelota al buen
guardabosques que es Carlos Beltrán y terminó llegando parado a la antesala.
Lo
importante, sin embargo, es el gesto. El cubano es uno de los talentos brutos más
notables del beisbol actual, pero ya ha recibido llamados de atención y
advertencias de sus rivales, la más sonora, por cierto, expresada por el
caraqueño Miguel Montero.
Tiene 22
años de edad y salió de Cuba hace muy poco, pero cabe preguntarse si finalmente
aprenderá la lección, si reconocerá que el juego es más grande que su propio
talento, o si le veremos naufragar en ese mar que es agitado por el ego y una
autosuficiente personalidad.
Publicado en El Nacional, el miércoles 16 de octubre de 2013.

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