El Emergente

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El Emergente. Camaleón

Un homenaje a Luis «Camaleón» García, uno de los más grandes peloteros nacidos en Venezuela

Era un
señor mayor, no muy alto, con esa piel tan venezolana que hemos dado por llamar
café con leche.

En uno de
nuestros primeros viajes a la Serie del Caribe conocimos a Camaleón García. Ya
él era casi septuagenario y todos a su alrededor le trataban con afecto, casi
con devoción.
Estaba
allí, uno de los más grandes bateadores que haya dado Venezuela el siglo
pasado. El tercera base que pudo y debió ser grandeliga, en aquellos tiempos casi
imposibles para los aspirantes criollos.
El que
decidió cerrarse las puertas, debido a la discriminación racial que encontró en
los Estados Unidos, en la década de los 50, o por su amor a las caraotas, según
la versión que queramos creer.
Terminó
siendo una estrella internacional, pero en México, donde no hay racismo y sí abundan
los frijoles. “Chilaquile”, apodaba a veces a sus colegas, por su vínculo con
la cultura azteca.

Fue
compadre del gran Pedro Infante, quien bautizó a una de sus hijas. Admirado por
la prensa y los aficionados allá, a pesar de su origen humilde y su carácter
afable, simpático, casi ingenuo. O al menos nos hizo creer esa ingenuidad en
sus últimos años, cuando recordaba su paso por los diamantes o cuando soltaba
una humorada que servía para desatar nudos.
Una tarde,
recuerda Giner García, director del Museo y Salón de la Fama del Beisbol en
Venezuela, dos personas casi se van a las manos con él en el medio. Camaleón ya
estaba impedido de caminar libremente y, visto en el apuro de ser atropellado por
los iracundos, exclamó: “Muchachos, no sigan peleando, que van a estropear mi carro
último modelo”.
Sí, hablaba
de su silla de ruedas.
Todavía en
México quedan récords de este sucrense inolvidable, que allá fue líder bate y
manager campeón.
“Lo veía
como un gordo, pero era capaz de arrojarse, atrapar con gran naturalidad,
levantarse y tirar la pelota con una precisión que he visto en muy pocos
terceras bases”, rememora Dámaso Blanco, el otro gran antesalista de Venezuela
el siglo pasado.
Se fue del
beisbol en 1971, a los 41 años de edad, cuando ya no era aquel gran jonronero
que le convirtió en la mayor figura que haya tenido el Magallanes junto con
Vidal López.
Al
marcharse, era el dueño de todas las marcas en la liga. El que tenía más
juegos, más turnos, más hits, más dobles, más jonrones, más extrabases, más
anotadas, más empujadas, el único con 1.000 imparables.
No de
balde, apunta el historiador y escritor Javier González, era el deportista más
querido de Venezuela junto al Chico Carrasquel, su contraparte caraquista y su
compadre.
“Fue un
ídolo, parte de la historia de nuestro país, por más que nos empeñemos en
reducir nuestra historia a lo político y militar, barriendo todo lo demás
debajo de la alfombra”, subraya González.
Hay un
video de La Voz del Fanático en YouTube.com que deja ver el rostro,
gesto y salidas de Camaleón, mientras le cuenta a Ramón Corro las anécdotas de
su carrera.
Es un
reencuentro con aquel hombre, aquel buen ciudadano, aquel compatriota que ayudó
a construir una Venezuela buena, esa que todos queremos de vuelta; aquella
donde las rivalidades terminan en abrazos y las peleas se acaban con un chiste.
“Era
bonachón, buena gente”, apunta Dámaso. “Era el que ganaba todos los premios,
los fanáticos deliraban por él. Pero lo que más recuerdo de Camaleón es esa
figura bondadosa que siempre estaba sonriente. Aunque es el símbolo del
Magallanes en el terreno, siempre voy a recordar su sonrisa y su afecto, su
manera de ser. Un buen hombre”.
Ya estará
jugando una partida con Vidal López, con Dalmiro Finol y con esos otros que con
su esfuerzo y ejemplo en el terreno también hicieron lo posible para dejarnos un
mejor país.
Publicado en El Nacional, el sábado 11 de enero de 2014.

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