¿Dónde estás, Beto?

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Este 28 de abril se cumple un año de la partida del inolvidable Beto Perdomo, gran narrador, hombre de espectáculo y gente buena. En su homenaje, publico este texto que le dedicó mi amigo y colega Fryddmar Álvarez


Imagen relacionadaTengo que comenzar advirtiendo que Humberto Perdomo y yo no
éramos amigos.
Si, le conocí,  no
tanto como hubiese querido. De hecho, el mayor patrimonio que tengo de mi
relación con Beto lo construí a partir de la forma en que ustedes lo
reconocían, admiraban y querían: desde esa capacidad invencible de dar calidez
transmitiendo lo que pasaba en un juego de béisbol, así este fuera un encuentro
somnífero. Por ende, quiero decirles que me niego a hacer un ejercicio de
notoriedad por alguien quien tiene a otros para contar su historia,  su vida, y son otros los que tienen esa dicha
y esa potestad en esta pérdida irreparable de hablarles de Beto a un año de su
ausencia, así que yo no voy a usurpar a nadie, no lo deseo y no tengo cómo.
Pretendo evocarle desde lo que viví junto a él y desde mi
tristeza y vacío, que son los de ustedes también. Quiero contarles cómo le
conocí, lo que compartí con él, lo que aprendí, lo que nunca podré olvidar y
como cuatro innings y medio me cambiaron la vida.


No voy a aburrirles, pero debo contar dónde empezó todo. La
primera vez que le vi en persona fue en la temporada 92-93, en Maracay,  en el «Coliseo de lo Posible», el estadio
José Pérez Colmenares. Ya para esa época, era una referencia en la TV deportiva
nacional, pertenecía al staff de VTV y al circuito radiofónico de los
Leones  (sí, Beto narró para el Caracas).
Esa noche, los capitalinos visitaban a los Tigres y yo iba
al estadio con mi papa y sus amigos. Yo tenía 12 años de edad y estaba
embelesado con la grandeza del béisbol, 
con los Tigres y con todo lo que sucedía dentro y fuera del terreno. Esa
noche abría por Aragua el zurdo Tim Rummer y comenzó todo de maravilla,
abanicando a los tres primeros bateadores del Caracas. Cuando los Tigres iban a
consumir su primer turno ofensivo, comenzó a llover. Un diluvio casi bíblico,
un aguacero plomizo.
Mi padre y yo mirábamos como la lluvia se tragaba el terreno
y éste sólo se defendía con cinco lonas individuales que sólo alcanzaban a
cubrir las almohadillas y el box (no se usaban esas lonas inmensas que hoy cubren
todo el infield), desnudando ante el chubasco el diamante entero. Unos 20
minutos serían suficientes para inundar hasta 10 calles a la redonda, acabando
gota a gota con la posibilidad de que juego continuase.
Yo me distraía viendo el nuevo palco de prensa, que ese año
se estrenaba, y me di cuenta que estábamos sentados a pocos metros por debajo de
la caseta que le correspondía al circuito radial visitante, el del Caracas. La
visual que teníamos sólo nos dejaba ver al narrador de la nariz hacia arriba y
era Beto.
Volteé y él me estaba viendo fijamente. Me asusté. ¿Cómo una
estrella que yo veía por TV, que escuchaba en radio, iba a reparar en mí, que era
un muchacho pendejo que amaba el beisbol? Volví a mirar el terreno, horrorizado,
y al rato volví a mirar lentamente hacia la caseta: otra vez me estaba viendo
fijamente y peló los ojos. Bajé la cabeza, me sentí humillado, burlado sin
razón, e instintivamente volví a mirar como buscando compasión, una tregua,
capitular ante mi atrevimiento, y esta vez sus ojos estaban chinos, pero con
ese rasgado que indudablemente es de una carcajada cómplice, de una risa de
bálsamo. Beto sonreía.
Con los años me fui distanciando sin querer de él. Fui
aprendiendo más del juego, priorizando el análisis por encima del carisma, el
cómputo antes que su intensidad, y comencé a disfrutar el talento, sobriedad y
capacidad de abstracción de otros. Pero Beto siempre estuvo ahí, a veces lejos,
a veces cerca, siempre como esa noche: cada vez que volteaba a buscarle, él
estaba mirándome fijamente, de forma divertida.
Tiempo después, comencé con esto de la radio. Tenía un
programa en La Mega y ¿cómo no?, trataba de deportes y rock. Se llamaba
«Los Fiebrúos» y llevaba conmigo siempre una grabadora para las
entrevistas, que por un tiempo use para grabar saludos y promociones del
programa con voces del deporte: atletas, dirigentes y periodistas. Ahí estuvo
Beto.
Con el periodismo tuve muchos problemas. Chocaba una y otra
vez con mi olímpica ingenuidad que una voz reconocida de otros medios se
prestara para promocionar un programa de la competencia. Recibía negativas
constantes, una tras otra, algunas educadas, otras crudas, y una noche, en un
juego contra La Guaira, Beto entró al palco de prensa, ese mismo al que yo, de
niño, veía con legítima admiración por fuera del sitio que ahora yo habitaba.
Se sentó con su libreta de anotación bajo el brazo y un café.
Narraría  la segunda mitad del juego. En seguida
lo abordaron y él, con cariño, atendió a todos. Yo tomé la grabadora muy poco
esperanzado, pero era Beto, y si salía bien, sería de lo mejor. Interrumpí casi
de forma descortés su conversa y le pedí que grabará un saludo y promoción del
programa. La persona con la cual conversaba me miró casi con odio y nunca lo
culpé. Beto no me dejo ni terminar la frase y me dijo con el cañón de voz que
tenía: «¡Claro que sí, con el mayor de los gustos!». Me quede en una
sola pieza. No estaba preparado para una respuesta positiva. Como pude,
reaccioné y le expliqué a grandes rasgos lo que quería, y dijo: «¡Vamos a
darle!». Le di al botón de «REC» y en una sola toma dijo esto,
de su inagotable ingenio: «¡Es un bombo!… no, no, no, no… llamen a sus
amigos y dí-gan-leee que Beto Perdomo les invita a escuchar «Los
Fiebrudos» (sí, no hizo la contracción clásica de la palabra a propósito y
fue muy divertido), maniáticos por el deporte, por aquí, por aquí, por aquí,
por La Mega».
Hubo un silencio sepulcral en el palco, todos dieron la
vuelta, dándole la espalda al juego, contemplando la escena, mitad envidiosos, mitad
divertidos. Yo intenté agradecerle, pero comencé a gaguear y él dijo: «Tranquilo,
carajito, fue un placer». Ese saludo fue de lo mejor que he tenido en
radio.
Es que así dicen que era Beto, un tipo que no regulaba, que
no entendía de mezquindad ni medias tintas, un tipo invenciblemente alegre, con
una legítima personalidad, en este mundo (no sólo en el periodismo deportivo) donde
sobra la miseria humana.
Tiempo después, logré alcanzar el sueño de toda mi vida: ser
analista y comentarista de los Tigres en radio y TV. Mis amigos, cuando se
enteraban de que estaría en Meridiano,
de modo unánime exclamaban: “¡Vas a trabajar al lado de Beto! ¿Qué tal es Beto?
Como les dije antes, he tenido que rellenar estas líneas con
más sustancia propia que del personaje, pero no como un ejercicio de vanidad, sino
porque le conocí poco, como les advertí. Más importante aún es que esa
sustancia está incontestablemente ligada a él.
Trabajé en TV con Beto una sola vez y fue, como siempre, una
experiencia extraordinaria. A fin de cuentas, como era él.
Fue en el Juego de las Estrellas de la campaña 2015-2016 de
la LVBP, en Puerto La Cruz. Cuando a César Arriba y a mí nos avisaron que
estaríamos ahí, yo sentí una verdadera emoción, porque era como un
reconocimiento a lo que hacíamos. A pesar de eso, he de confesar que yo tengo
desde hace años un divorcio irreconciliable con los juegos de estrellas: no se
juega nada, el pelotero rara vez se esfuerza y termina siendo algo insaboro e
incoloro para mí; prefiero un juego entre equipos eliminados, al menos el
suplente con hambre se lo juega todo. Pero cuando la gran María Alexandra Azar
nos dijo: «Van con Germán Cartaya, Meche Celta, Junior Cordero, Otto
Padron y Beto», Cesar y yo nos miramos con la sensación de que ya
cualquier duda se había esfumado.
La pauta era la siguiente: Llegábamos a Puerto La Cruz el lunes
y ese mismo día transmitíamos un programa especial desde el hotel con los
peloteros. El martes sería la trasmisión del juego. Después nos enteramos de que
nos quedaríamos toda la semana para transmitir un par de juegos de Caribes por Meridiano y TeleAragua. Ese Lunes, llegamos al hotel muy temprano desde
Caracas. Nos preparamos para el programa y a cada rato César y yo preguntábamos
si Beto había llegado. En lo personal, 
me costaba creer que fuera a compartir una transmisión con él, era como
mucho.
Nos convocaron al área de la piscina a las 5:00 pm. El
programa saldría en vivo a las 6:00 pm para todo el país. Estando ahí Germán,
nos contó que Beto había llegado y estaba en su habitación preparándose. Todo
estaba listo. El set nos tendría a German, Cesar y a mí sentados en un semi
arco, con Beto y Meche en en centro y la Bahía de Pozuelos al fondo, con el
atardecer de Puerto La Cruz. Junior estaría en el lobby, haciendo trabajos
especiales con los peloteros que llegaban.
Se hicieron una y otra vez las pruebas de sonido y luz. Ya
todo el mundo estaba muy nervioso, porque una confusión del master del canal en
Caracas nos haría salir media hora más temprano, y por ende, tendríamos media
hora más de transmisión. María estaba a reventar, porque la producción estaba
diseñada para una hora. La tranquilizamos, diciéndole que dejara eso en
nuestras manos, que llenaríamos esa media hora.
Maria sonrió por primera vez en la tarde. Pero, para colmo
de males, no aparecía Beto. Lo llamaban a su habitación, a su celular y nada.
Ahí fue cuando escuché a Maria por primera vez preguntar entre la gente, a un
paso de la arrechera, la angustia y la histeria, y con la sonrisa borrada por
completo: «¡¿Dónde carajo está Beto?!».
Faltando dos minutos para salir al aire, vimos a lo lejos a
Beto, por fin. Venía a paso relajado, con una ligera sonrisa, ajeno a todo y
con una chemise blanca. Todos, excepto Meche, debíamos usar una chemise azul,
casi verde.
Beto llegó saludando a todos, con ese aire tan alegre que
contrastaba con la tensión casi metálica del momento. Alguien, creo que María,
le pregunto casi reclamando por qué no tenía puesta la chemise azul. Él
respondió: «Porque no la tengo». Y se desató una carcajada colectiva
que relajó ostensiblemente la cosa.
Alguien le prestó una chemise azul y el delante todo el
mundo, con la calma de saberse dueño de la situación, se cambió ahí, sentado en
la piscina. Y mientras lo hacía, hizo un comentario picante de las bonitas
piernas de María, en tono apenas suficiente para que Cesar y yo lo escucháramos
de forma complice. Tres, dos, uno, ¡al aire!
A partir de esa frase, la tarea del programa fluyó como esas
cosas de la vida que solo fluyen cuando todo está en sintonía. Beto era el
padre, el dinamo que hacia circular la energía, el de la camisa 10, que la pisa
y la traslada y hace jugar a los demás. Todos estaban maravillados, o al menos
yo. La hora y media pareció tener sólo cinco minutos, acaso, por ese rasgo tan
humano de que el tiempo vuela cuando eres feliz.
El programa lo cerró un grupo musical, un dueto de esos que
se autodenominan «urbanos», y uno de ellos saco a Meche a bailar en
medio del set. De repente, Beto pegó un brinco casi felino, ajeno a su anatomía
de señor mayor, y comenzó a danzar y a moverse divertidamente, al ritmo de la
música, comprometiéndonos a todos. Yo, que ni sé ni me gusta bailar, me movía
como podía. Beto había hecho ese pitcheo , una dura recta cortada que “sinkeaba”,
y había que sacar el bate. Pero qué va. Mis pobres movimientos daban en el
mejor de los casos para un foul a la malla. Esa noche volvía a ser el carajito
pendejo al que le gustaba el béisbol y a quien Beto miraba.
Al terminar el programa, venía una cena con los jugadores,  organizada por la Asociación de Peloteros, en
honor a Carlos Silva, quien era el homenajeado de ese año. Cada quien fue a su
habitación, a cambiarse para la ocasión, y Cesar y yo regresamos al lobby a
esperar a la gente, bebiéndonos unas cervezas. Ya llevábamos como tres rondas y
nos creíamos los Rolling Stones, cuando apareció Beto con un trago destilado y
puro, y con esta frase épica: «Miren esta vaina, carajitos…»,
mostrándonos el vaso, que tenía como tres dedos del licor color cobre, que se bebió
de un trago. Sus ojos brillaban, y no por el alcohol. Beto estaba como siempre,
feliz. Lo sentamos en la mesa y le invitamos una cerveza con limón (tengo esa
rara costumbre y a veces César se apunta), y el tipo, feliz, aceptó. Cesar y yo
no cabíamos de felicidad. Él tenía con Beto una relación mucho más cercana, ya
que fue la primera persona que lo puso a narrar. El gran narrador nos contó un
montón de anécdotas, todas sobre beisbol, y yo esa noche comprendí que el gran
Humberto Perdomo rara vez hablaba de otra cosa. Eso me hizo feliz, pues resulta
que hay una suerte de código no escrito que nunca me ha gustado, pero que ya
acepté: que en este medio, en momentos como esos, no se habla de besbol. Pero
para él, el béisbol no sólo sea un tema de trabajo, era un tema de vida, que le
divertía.  Yo sentí la ternura que solo
puede sentir el hijo por el padre.
Ya en la cena, reímos hasta más no poder cuando Carlos Silva,
en su discurso, se refirió a él como «El gran narrador Pepe Delgado
Rivero». También cuando el salsero Wilman Cano le cantó a María un tema
llamado «La Dama de Hierro». Fue una buena noche. Al día siguiente no
le vimos hasta minutos antes del juego. La pauta era la siguiente: antesala de
una hora con Meche, German y Junior desde el terreno de juego y solo al final
de la misma entraríamos Cesar, Beto y yo. Beto narraría la primera mitad y
Cesar la segunda. Yo estaría de comentarista todo el juego y Otto se nos uniría
en la segunda mitad.
Llegó con una botella de dos libros, llena de jugó de caña. «Esto
es un regalo que me había ofrecido el coach de pitcheo de Caribes, el cubano, Mike
Alvarez», y se acomodó entre César y yo. Me dijo, bajito: «Carajito, ¿cómo
es que se escribe ese nombre tuyo tan extraño?». Y lo apunto en su libreta
de anotación. Alcancé a ver que no sólo tenía los line-ups y el orden
defensivo, también tenía números, anécdotas, 
recordatorios, saludos y datos. Eso de que Beto era un tipo improvisado
era falso.
Mientras nos preparábamos para salir al aire, Cesar le contó
que él, Junior y yo nos llamábamos los «Doggy cleanners» («lava
perros», dicho en castellano, un término con el cual nos referíamos a
nosotros mismos de forma despectiva y graciosa) y le decíamos que «bastante
noble es el público, que ve un juego por Meridiano con Beto y Humberto Acosta o
Damaso Blanco y después en otro juego se tiene que calar a nosotros tres, los
«Doggy Cleanners».
El reía a carcajadas con eso y estuvimos a punto de convencerlo
para que nos presentara así. Cuando salimos en pantalla, dijo: «Aquí me
acompañan estos dos… (por un par de segundos se quedó en silencio y estábamos
convencidos de que lo diría)… nuevos talentos de la pantalla deportiva de
Venezuela».
Quién sabe si se le olvidó o quiso guardárselas para una
futura vez que ya nunca sucederá. Fuimos al corte y él se levantó y salió de la
caseta. Al regresar al aire, Beto no estaba, el pitcher del equipo home club
iba camino al morrito y ahí es cuando María repite por el audio interno de la
trasmisión, con más drama aún: «¿Dónde carajo está BE-TO?».
Me asome y lo vi a lo lejos fumándose, un cigarrillo,
tranquilo, y no podía avisarle nada porque estábamos al aire. Afortunadamente,
Cesar se había quedado y sin angustia hicimos el resto de la antesala, porque
se alargó por el himno y el protocolo.
Beto llegó justo a tiempo. Los árbitros y coaches aún
intercambiaban alineaciones a un lado del home y yo visiblemente emocionado
comenté: «Bueno, Beto, ahí están discutiendo las reglas de terreno». Él
me miró y me hizo un gesto que no entendí. Su sistema para interactuar con un
comentarista nuevo era simple: unos golpecitos en el brazo. Durante la primera
mitad de esa primera entrada no paró de golpearme. Al principio me preocupé,
luego me asusté, y después entendí que era una forma de darte ánimo, de brindarte
confianza.
Al terminar esos primeros tres outs, yo me decía en mi
cabeza: «Coño acabo de hacer medio inning del Juego de las Estrellas al
lado de Beto Perdono, en TV nacional!» , cuando él me saca de mi asombro y
me dice: «No son reglas de terreno, 
son condiciones de terreno». Supongo que leyó mi cara, porque
estaba avergonzado. Cómo se me iba a escapar esa, tan fácil, tan inmediata, tan
de todos los días. Él me puso la mano en el hombro y me dijo, honestamente:
«Tranquilo… eso le pasa a cualquiera, vas muy bien».
Después de eso no hubo más golpecitos en el brazo, solo hubo
sonrisas, afirmaciones, un trato de tú a tú y la valiosa lección de que se debe
disfrutar y respetar el juego.
Cuando terminaron sus cuatro capítulos y medio, se levantó y
me dijo al oído: «Muy bien carajito, muy bien». Al terminar el juego
lo busque por todas partes. Quería agradecerle la experiencia, la clase
magistral, el honor, el haber cumplido el sueño del niño de Maracay.
Cuando pregunté por él, me dijeron que esa misma noche había
partido a Barquisimeto en su carro, porque al día siguiente transmitía con el
circuito de La Guaira. Eso me entristeció.
Semanas después lo vi en el «José Pérez
Colmenares». Me acerqué a saludarle y él me abrazó. Era uno de esos los
días en que él tenía una lesión en su mano derecha. Le pregunté cómo se sentía,
siempre pensado en su mano, y me dijo tajantemente, casi de forma vehemente: «De
maravilla. Le mostré mis exámenes al médico de los Tiburones y me dijo que no
es maligno el tumor».
Me quede mudo, no sabía qué decir. Me sentí destruido, esa
bofetada que sientes cuando tus ídolos sangran. Ahí comprendí que lo de Beto
era grave, muy grave, y que en su desliz de creer que yo ya lo sabía me lo
había confesado. En su semblante había esperanza, y se perdió entre los saludos
de la gente en el terreno de juego. Esa fue la última vez que le vi.
Me fui a la caseta pensando que por años dejé de comprender
su genio, su magia. Hoy, cuando veo a un alto ejecutivo que maneja millones en
su trabajo, al señor que amablemente nos limpia la mesa del desayuno en los
viajes con Meridiano o el circuito de
los Tigres, preguntarme por Beto…
Soy testigo de lo hondo que llegó al corazón de la gente,
cuando veo y escucho a los niños de mi cuadra jugar beisbol en la calle y
narrar sus hazañas épicas de caimanera con sus frases, es cuando comprendo que
eres el Beto de la gente. Irrepetible, de una estirpe en extinción y no sólo
escribo de tu voz y tu espectacular manera de narrar hasta un juego aburrido
donde no se juega por nada. Ahora escribo del tipo profundamente humano, que tendía
la mano, que te hacía reír, que te daba golpecitos de afecto y ánimo, que te
miraba fijamente.
Esa noche, en Puerto La Cruz, volví a ser ese niño maravillado
por el beisbol que tú mirabas aquella noche lluviosa en Maracay. Hoy, que
también llueve. Hoy, que te prometo ser mejor, qué cuidaré de Pedro Zarlengo,
de Pepe, de don Alfonso Saer, de Humberto Acosta, de Jhon, de Dámaso, tratando
de honrarlos en vida, de ser digno de llenar su espacio cuando no estén.
No, no fuimos amigos, el tiempo no nos alcanzó. El beisbol
no ha sido igual, pero salimos adelante con dolor, así haya volteado a buscarte
en el palco donde ya no estabas.
En mi mente y en mi corazón, mi recuerdo será como tú: invenciblemente
alegre y profundamente humano. Me haré la misma pregunta que se hizo María
Alexandra Azar: «¿Dónde carajo está Beto?», y te veré llegar con una
chemise blanca, cagado de risa
Fryddmar Álvarez
Ignacio Serrano
Ignacio Serranohttps://elemergente.com/
Soy periodista y actor, y escribo sobre beisbol desde 1985. Durante 33 años fui pasante, reportero y columnista en El Nacional, ESPN y MLB.com, y ahora dirijo ElEmergente.com. También soy comentarista en el circuito radial de Cardenales de Lara y Televen. Premios Antonio Arráiz, Otero Vizcarrondo y Nacional de Periodismo.

8 COMENTARIOS

  1. Para mi fue una gran tristeza cuando supe que ya no estaba entre nosotros. Yo que tengo 14 años fuera de nuestro país extraño mucho la pelota y escuchar a Alfonso en la radio y
    extrañare aún más a Beto en tv

  2. Voy a responder a la preguntas que haces.
    La Biblia enseña que una persona al morir va al cielo o va al infierno, alguna de esas dos va cada persona….

    • Amigo Sonder, lamento decirte que eso no lo enseña la Biblia en ninguna parte.. y cuando habla del infierno se refiere a la sepultura, donde todos vamos

  3. Gracias Ignacio por regalarnos esta crónica que escribes hoy, a un año de la partida física del Sr. Beto Perdomo. Y ¿Donde carajo está Beto?. Muy simple: nunca se fué, permanece en el corazón de todos los que vivimos el deporte, especialmente el béisbol.

  4. Que decir que no se ha dicho de Beto, para mi y para muchos de lo mejor que ha dado nuestra patria. Crecí como fanático escuchando sus narraciones y riendo sus elocuencias, junto al gran Damaso Blanco una de las mejores parejas de narrador y comentaristas venezolanos. Te extrañaremos siempre y siempre vivirá el recuerdo del gran Humberto "Beto" Perdomo.

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