El Emergente

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EL EMERGENTE. Breve crónica de las trampas en el beisbol

EL EMERGENTE
Por Ignacio Serrano
¿Por qué a una parte de la afición no le afecta que haya trampas
en el beisbol? El caso más reciente es el escándalo por el robo de señas ejecutado
por los Astros y los Medias Rojas. Y la respuesta a esa pregunta posiblemente
sea la más obvia: porque ese tipo de engaño siempre ha estado allí.
Desde tiempos inmemoriales, peloteros, managers y coaches han
buscado un filón que permita conseguir una ventaja adicional. A veces, lo han
hecho caminando por el borde de lo permitido en el reglamento, en otras
ocasiones han infringido sin ambages las normas.

Es plausible entender la permisividad de algunos fanáticos
cuando se recuerda que todos crecimos siendo testigos de esto. Los pitcheos en
curva fueron considerados trampas, hace más de un siglo, pero finalmente se
permitieron. Las bolas ensalivadas eran parte del juego incluso en plena Era
Moderna, entrado el Siglo 20.

Quizás ese pasado hiciera que viéramos a serpentineros como
Gaylord Perry, Whitey Ford, Don Sutton o Phil Niekro como habilidosos zorros,
miembros de la vieja escuela, divertidos exponentes de un pasado que suponíamos
en vías de extinción.

Los milennials se perdieron el espectáculo de ver a Perry o
Niekro rodeados de umpires, con los dos bolsillos del pantalón afuera, alzando
las manos, dejándose revisar el guante, la correa o la gorra. Quienes tenemos
más de 45 años de edad guardamos al menos un recuerdo de un árbitro levantando
del suelo un pedazo de papel de lija y expulsando al monticulista infractor.
Aquellos cuatro tienen, pese a su bien ganada mala reputación,
un lugar en el Salón de la Fama. Incluso eran admirados. Lo que hacían no era
visto tanto como trampas sino como mañas. Llegaron a Cooperstown, sabiendo los
votantes y los espectadores que muchos de sus triunfos se concretaron con la
ayuda de herramientas prohibidas por el reglamento.
De Ford se contaba que hasta usaba el anillo de bodas para
raspar y rasgar la bola. La arañaban, ensalivaban o engrasaban Mike Scott, Brian
Moehler, Rick Honeycutt, Orel Hershiser, Julián Tavárez, Kenny Rogers y más
recientemente Brian Matusz, Michael Pineda o Will Smith.

La razón de esto a veces escapa a algunos. Pero cuando la
pelota está impregnada de alguna sustancia, su peso cambia y no está uniformemente
distribuido, lo que conlleva a movimientos inusuales. Es como tener la
habilidad de lanzar la nudillos, sin saberla lanzar. Y lo mismo pasa cuando el
cuero está dañado o roto.
Este cronista era un niño que cada semana caminaba de su
casa al kiosko para comprar la revista Deportes. Era un gozo encontrar aquellas
fotos y aquellos textos en un tiempo en que todo era jugar y leer; sin
internet, sin videojuegos, sin televisión por cable.
Uno de los artículos imborrables que los ojos de aquel
muchacho vieron con asombro trataba sobre las trampas. Un habilidoso hombre de
beisbol mostraba cómo se “encorchaba” un bate.
Las gráficas relataban el procedimiento, con pasmoso
detalle. El agujero a lo largo que se hacía con un taladro, desde el final y
hasta casi completar la maceta, en dirección al mango. El rellenado con corcho.
La elaboración de un tapón, hecho con una mezcla de aserrín y pegamento, para
que al secar diera la impresión de ser una sola pieza de madera. El lijado para
que desaparecieran las irregularidades y la evidencia. Las recomendaciones en
su manufactura, para reducir el riesgo de que se quebrara en pleno turno al
bate.
Aquello era claramente ilegal. Quien fuera sorprendido
empleando uno de esos artilugios era expulsado inmediatamente, y posiblemente
multado, y seguramente suspendido.
Usando bates rellenos fueron sorprendidos muchos, incluyendo
grandes paleadores. Sammy Sosa, por ejemplo, y Chris Sabo, Wilton Guerrero,
Billy Hatcher. A Craig Nettles se le rompió el barquillo una vez, en 1974, y no
salió corcho, sino pelotas de goma, de esas que tienen súper rebote. Una página
web, Deadspin, compró un bate usado
por el legendario Pete Rose en 1985 y el examen de rayos equis mostró que
estaba encorchado. ¡Pete Rose, nada menos! ¡El rey del hit!
El bate de Pete Rose que Deadspin envió a radiografiar

La memoria es corta y hoy muchos desconocen algunos de estos
cuentos. ¿Cuántos saben lo que hizo Jason Grimsley en 1994, para esconder lo
hecho por Albert Belle?

Los Medias Blancas recibieron el soplo de que el slugger
usaba toletes antirreglamentarios. Los umpires confiscaron el que estaba usando
y lo enviaron al camerino de los árbitros, para remitirlo a la Liga Americana y
proceder a estudiarlo. Y Grimsley, en pleno juego, se deslizó por el cielo raso
del estadio, ingresó al cuarto de los jueces, tomó el bate y lo sustituyó por uno
de Paul Sorrento. Ni siquiera podía ser otro de Belle, porque los Indios sabían
que todos, absolutamente todos los maderos de su compañero, estaban “trabajados”
por algún artesano de lo ilegal.
El escándalo duró menos tiempo que las risas que se
escucharon.
A Pompeyo Davalillo lo admiramos todos porque supuestamente
tenía la habilidad de robar señas y a menudo lograba engañar a los hombres de negro
con mil trucos en sus tiempos como piloto en la LVBP. Del Loco Torres se decían
muchas cosas sobre su talento para lograr el éxito al margen del reglamento. Todavía
hoy algunos repiten la conseja de que los 20 jonrones de Baudilio Díaz en la
zafra 1979-1980 se debieron al empleo del corcho, aunque no hubiera ninguna
prueba y aunque ninguno de sus colegas lo afirmara entonces ni hoy.
Las trampas devinieron en dopaje y durante mucho tiempo se
justificó el uso indiscriminado de anfetaminas, esteroides, hormona de
crecimiento humano. “Porque no estaba prohibido por el beisbol”, se decía (cuando
estaba prohibido por la ley, que es mucho peor). O “porque nada de eso te da la
coordinación ojo-mano” (lo que es falso, pues algunas de esas sustancias sí ayudan
a conectar mejor la bola). O “porque ese tipo se la pasa metido en el gimnasio,
haciendo pesas, todas las noches, después de cada juego” (cuando precisamente
puede hacerlo debido a la vitalidad extra que dan los químicos).

Quizás sea todos estos antecedentes que existen tantas voces
que matizan lo sucedido por Houston y Boston, aunque esté taxativamente
prohibido el uso de tecnología para robar las señas del contrario. Las trampas
han existido en los diamantes desde el día después de que Alexander Cartwright
redactó las primeras reglas del beisbol.
Después de todo, uno de los jonrones más recordados en la
historia de las Grandes Ligas, el de Bobby Thomson en el juego decisivo entre
Gigantes y Dodgers de 1951, ante Ralph Branca, fue supuestamente fruto del
sistema que el equipo de Thomson había diseñado para conocer qué pitcheo estaba
por hacer el lanzador.
Aquel bombazo todavía resuena, porque “se escuchó en el
mundo entero”, dicen las crónicas. Y hoy nadie cuestiona a aquellos Gigantes de
Willie Mays.

Columna publicada en ElNacional.com, el martes 28 de abril de 2020.

2 thoughts on “EL EMERGENTE. Breve crónica de las trampas en el beisbol

  1. Impecable columna. Las trampas siempre han estado, pero hay verdaderos magos que hacían que pareciera real!!! Un abrazo, Nacho.

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