El Emergente

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EXTRABASES DE ALFONSO SAER. Crónica a 80 años del gran suceso del 41

Daniel Canónico es llevado en hombros por sus compañeros / Foto ARCHIVO DE JAVIER GONZÁLEZ

EXTRABASES

Por Alfonso Saer

Daniel Canónico era un personaje especial.

Destilaba beisbol por sus poros. Era de fino hablar, de pausados modos. Uno le encendía la mecha al no más citar el año 1941 y él procedía a imprimir el libro propio de su historia, alborotaba recuerdos. Se gozaba repetir cada detalle de aquel 22 de octubre, mes que  enriquece con tinta indeleble el anecdotario del país.

Era este cronista un mozalbete, pero el “Chino” se mostraba atento y respetuoso. Me ilustraba con los detalles del suceso y entonces yo aprovechaba para volcar cuartillas de imaginación. Claro, excitado por el famoso interlocutor. Había leído en los documentos de Eleazar Díaz Rangel, Becerra Mijares, Abelardo Raidi, Herman Ettedgui, Antero Núñez y unos cuantos personajes más, que lo del 41 era como una leyenda. Obvio, aquellos altisonantes nombres del periodismo pulieron ese tramo relevante y lo aprisionaron en sus verbos. Cada quien le agregaba algo sin falsear la verdad.

Es que aquella Venezuela recién salida de una dictadura oprobiosa necesitaba hazañas, ídolos, palancas impulsoras, gestas a imitar. Ya el beisbol se instalaba como la disciplina que entraba firme en el gusto criollo. La influencia norteamericana era determinante. Anexemos que Alejandro Carrasquel en 1939, en otra aventura sin par, fue capaz de escalar el morrito de los Senadores de Washington por la insistencia de un scout llamado Joe Cambria y la obstinada dedicación del propio “patón”, lo cual motivó más a los connacionales.

Pero volvamos. Canónico nos daba unos minutos en el Club Ayarí de Barquisimeto y siempre le robábamos un extra a su tiempo. Se carcajeaba porque una vez, por allá en 1966 en el viejo estadio Olímpico que hoy lleva su nombre, me sacó en el segundo inning del partido entre Periodistas y Farándula, tras haber fallado una línea de frente –creo que bateada por “Cherry” Navarro– y que milagrosamente no desfiguró nuestro rostro.

“Tú tienes futuro como periodista, ya mandé a otro a jugar allá”, nos dijo en la única experiencia de cierto nivel que tuvimos en los campos peloteriles. El “Chino” vivía en la capital larense con su esposa Martha y los hijos. Regentaban una tienda denominada “Deportes Canónico”, en la calle 37, cerca del parque ya mencionado.

Siempre las primeras veces son inolvidables e inigualables. Así es todo en la vida.

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El tirador de enredados envíos, con el veneno de la maña y la mezcla irrepetible, citaba con el sano engreimiento de la majestad, su partido inicial ante Puerto Rico. Victoria 12-1 en apenas cinco innings. Aquel 27 de septiembre todo fue coser y cantar. Los nueve jugadores, y hasta el propio tirador de auténticas serpentinas, anotaron al menos una rayita. Eso fue dos días antes de aplastar también a El Salvador, 8-2, entregándole la faena a dos zurdos, Angel Benjamín Chirinos y Ramón “Dumbo” Fernández. Hubo trío de empujadas a cargo de José Antonio Casanova”, shortstop del grupo.

La calificada prensa isleña –esa misma de Eladio Secades, Jess Lossada, Cuco Conde, entre tantas finas plumas– comenzó a creer que el rival de aquellos cubanos montados en el Olimpo beisbolero, sería México. Es que los herederos de los imperios azteca y maya tenían marca de 4-0 cuando toparon contra Venezuela.

En dos horas 15 minutos, Canónico raspó a quienes eran mencionados como favoritos para destronar a la tropa de casa. No se llevaban las cuentas de los pitcheos, pensamos, pero el robusto tirador de Guarenas –hijo de Don Benito, músico creador de piezas muy bailadas– fue a nueve entradas para triunfar, 5-2. Chucho Ramos, cuatro años más tarde nuestro segundo grandeliga, despedazó los despachos rivales, de 5-4.

Mientras los Estados Unidos entraban en la Guerra Mundial tras la invasión japonesa a Pearl Harbor, de este lado del planeta una pequeña nación asomada al Caribe les propinaba una atronadora paliza, 12-1. Allí no había cañones, ni bombardeos. Solo idioma figurado con esas palabras.

Escucha la recreación de la transmisión del juego decisivo frente a Cuba, con narración de Ramón Corro y comentarios de Asdrúbal Fuenmayor

Ante Panamá otra vez estuvo imponente el mirandino de la parsimonia, las curvas de entonces y la rápida bien colocada. No se hablaba de sliders o rectas de dos o cuatro costuras. Menos de relevistas intermedios o tiradores situacionales. Canónico no dejaba para eso. Nueve episodios ante Panamá, que solo anotó dos en el cierre y pegó apenas cuatro imparables. Luego, empate y victoria ante Nicaragua, traspiés ante Dominicana (10-4) y el escenario de La Tropical preparado para dos encuentros que paralizaron al país. Tocaba el careo contra el imbatido elenco local.

El “Chino” inflaba más su redonda cara al hablar de aquellos episodios del 41. Cualquiera se emocionaba con su relato minucioso, envío tras envío si era necesario. Recitaba la alineación si era menester. José Pérez Colmenares (1b), Luis Romero Petit (3b), Héctor Benítez «Redondo» (Cf), Chucho Ramos (Lf), José Casanova (SS), Julio Bracho (Rf), Dalmiro Finol (2b) y Enrique Fonseca (C).

Derrotamos a Cuba, 4-1, el 17 de octubre y la isla entró en crisis. Se promovió el desempate para el día siguiente, pero Abelardo Raidi, joven delegado –figura egregia del periodismo posterior– encabezó la negativa, la diplomacia activa que prolongaría las angustias y el chance. Canónico, como era de suponer, tiró los nueve tramos y necesitaba descanso. Fulgencio Batista, hombre fuerte de la isla, prometió un barco de guerra para el regreso de los tricolores porque su honor –junto al de todos los prepotentes dirigentes y aficionados del gran trozo antillano– estaba herido. No querían empate en la tabla de posiciones.

Hasta entonces no habíamos ganado nada en ninguna competencia relevante. Los diarios y emisoras del país no hablaban de otra cosa. En el interior se recurría a la onda corta para unirse a la expectativa. En esos cinco interminables días toda la pasión se desbordó y cada quien era un experto en las lides beisboleras. Conrado Marrero, el orgullo cubano, lanzador anunciado por los anfitriones, era tan mencionado como el mismo Canónico. Se le temía y respetaba. Esa Caracas que aún conservaba la belleza de sus techos rojos, quedó desierta aquella tarde del veintidós.

El Chino Canónico y su rival Conrado Marrero, estrella de beisbol cubano

Marrero entró flojo y lo aprovecharon. Boletos a Pérez y Benítez, hit de Ramos, error y un doblete de Casanova. Tres marcas en un abrir y cerrar de ojos. Ajá, pero ahora había que sudar gordo ante una escuadra tan temida, imperturbable. El famoso tirador de casa cerró las veredas y apenas dos cohetes aceptó en el resto de su trabajo, complementado por Natilla Jiménez. En cambio, Canónico tuvo gente en bases en todos los innings, pero salía de ellos con su paciencia infinita. Le sonaron siete incogibles y dio dos boletos. En el noveno le tendieron la celada y aceptó la única carrera. Nadie en el bullpen. Se trepaba a la gloria o se moría con él en tal intento. Ni siquiera el triple que conectó lo sacó de ritmo. Cuando se forzó en segunda el out de cierre un entusiasmo sin precedentes recorrió nuestra geografía. Final 3-1.

Cierto, las primeras veces no tienen competencia en nuestras vidas. Cuando no hay antecedentes el detonante de las emociones no encuentra parangón. El beisbol venezolano no había nacido allí, en ese episodio dramático, repleto de contingencias y esperas angustiosas, pero el campeonato mundial del 41 fue el punto de partida para lo que hoy es el deporte preferido de los venezolanos. 

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Daniel Canónico bajaba la cabeza, pasaba del susurro a la exaltación, levantaba orgulloso su diestra con un trago en mano y en cada encuentro discurría sin altivez sobre aquellos nueve innings. A uno le parecía, de su voz, que alguna vez le fabricarían un racimo de carreras en alguno de esos recuentos, tal era su forma de reactivar la hazaña. Vaya, había ganado cinco partidos sin requerir ayuda. 41 entradas ungidas por la providencia. Sí, por coincidencia 41.

¿Habráse visto algo mejor?

Por Alfonso Saer

Alfonso Saer tiene más de 50 años en los medios de comunicación venezolanos.
Es la voz más reconocible del Cardenales de Lara desde hace décadas, compañero de las más grandes figuras de la locución en el país: Delio Amado León, Rubén Mijares, Carlitos González y Carlos Alberto Hidalgo, entre otros. También es uno de los periodistas de mayor trayectoria en el país, reportero de El Nacional y El Impulso, cuya página deportiva dirigió por años.
Su columna es la más veterana entre las que actualmente se escriben en Venezuela para la prensa deportiva local. 
Síguelo en Twitter: @alfonsosaer

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