El 7 de noviembre de 1907, un grupo de jóvenes decidió fundar un equipo de beisbol en la capital. No sabían que estaban creando algo más grande que un club. Creaban una identidad, una institución que sobrevive huracanes, invasiones, ocupaciones, tiranías y democracia.
Ese algo, en ese momento embrionario, no era cualquier cosa, era el Licey. Antes de los estadios modernos, las luces, las transmisiones, antes del ruido de miles de gargantas. Un equipo nacido en una ciudad que todavía aprendía a mirarse en el espejo.
Y no hay que ser liceísta (¿o liceysta?), para decir la verdad. Es algo evidente, palpable, que se prolonga en el tiempo y se pierde en el horizonte. El Licey se convirtió en algo que no se puede explicar solo con trofeos. Claro, están las coronas. Son 24 en LIDOM y 11 en Series del Caribe: una lista de logros que no necesita exageración. Pero eso no es lo esencial.
ESTO ES MÁS QUE BEISBOL
Lo esencial es esto: 118 años después, el Licey sigue siendo tema de conversación. Motivo de orgullo. Vehículo de unión entre ideologías dispares. Y, por qué no decirlo, la ilusión de muchos que esperan a que llegue octubre para vestirse de azul.
Porque un equipo no dura más de un siglo si no representa algo. Si no se vuelve apellido, barrio, tradición, infancia, pelea, orgullo. Si no se vuelve un tatuaje en la piel.
El Licey nació para competir, pero terminó convirtiéndose en referente. Es el equipo que sabe que no basta con ganar: hay que ganar como el Licey. Con exigencia, con peso, con responsabilidad de historia. Pero sobre todo, hay que ganar con épica.
Por eso también duele cuando falla. Por eso también se discute. Por eso el debate nunca se apaga.
El Licey no es un equipo.
El Licey es el Licey.
118 años enseñan algo: la grandeza no es eterna por decreto, se reafirma cada temporada. No se vive del ayer. Se vive del hoy… y del próximo juego.
Cada niño que heredó la gorra de su padre, la familia que se dividió entre azul, amarillo y rojo, la discusión de colmado que termina en carcajada o en silencio pesado. Eso también es parte de la cuenta.
El Licey es historia, sí. Pero lo más impresionante es que sigue estando vivo, vigente, latente, incómodo, orgulloso, cuestionado, amado. Al Licey no le importa: sabe cómo es esto. Se hable bien o mal, siempre hay que hablar del Licey.
Y cumplir 118 años en el beisbol caribeño no es un dato. Es una prueba. Prueba de que permanecer es más difícil que llegar. Una evidencia de que ser grande cuesta.
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Hoy, el Licey no necesita que lo feliciten. Necesita que lo entiendan. Porque su legado no está solo en las vitrinas. Está en la manera en que este país discute, celebra y sufre el beisbol. 118 años después, el Licey no ha terminado nada. Apenas está defendiendo su nombre.
El beisbol es libertad, libertad en movimiento.
FOTO: Licey







Es increíble como esta página ignora a los tigres de aragua , solo habla de cardenales y de los d mas equipos y al líder de la temporada ni un reportaje le hace
Bueno, esta columna es de los Tigres del Licey, equipo dominicano.