El juego decía Italia contra Puerto Rico, pero en Houston se escuchaba un acento distinto. Ni el cantado boricua ni el più bello italiano bastaban para explicarlo. Había otra cosa en el ambiente.
Era un partido de cuartos de final del Clásico Mundial de Beisbol. Ganar o morir. Italia llegaba invicta, 4-0, después de atravesar su grupo con autoridad y derrotar incluso a potencias como Estados Unidos y México. Puerto Rico, del otro lado, cargaba con el peso de su tradición.
Pero mientras las banderas ondeaban y las alineaciones se anunciaban, el terreno escondía una curiosa superposición de identidades. En el dugout de Italia estaba Francisco Cervelli, el manager. Valenciano. Formado en el mismo beisbol venezolano que durante décadas ha alimentado al Caribe. Detrás del plato, cuando Italia defendía, se agachaba JJ D’Orazio, también nacido en Maracay, Venezuela.
Y detrás de ellos, cantando bolas y strikes, estaba Carlos Torres, umpire venezolano de Grandes Ligas. Otra vez más, Venezuela.
El juego tenía dos países en la pizarra, pero Venezuela aparecía en cada esquina del diamante.
La ironía no terminaba allí.
En el dugout de Puerto Rico estaba Yadier Molina, manager boricua. Un nombre que en Venezuela no necesita presentación: campeón como dirigente de los Navegantes del Magallanes en la LVBP.
Así que el partido de eliminación directa tenía una trama casi doméstica para el beisbol venezolano.
Un manager venezolano dirigiendo a Italia.
Un receptor venezolano defendiendo sus lanzamientos.
Un umpire venezolano administrando el juego.
Y en el otro lado, un dirigente que ya levantó un trofeo en Venezuela.
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El Clásico Mundial suele hablar de globalización. Pero esta noche, en medio de un juego que decidiría quién seguía con vida en el torneo, el mapa del beisbol parecía mucho más pequeño. Casi todo pasaba por Venezuela. Y Venezuela, les guste a muchos o no, está en semifinales.
FOTO: @WBCBaseball






