El Emergente

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“Me gané un puesto porque acepté ser el recogebates”, cuenta el gran Antonio Armas

Al primer gran
jonronero de Venezuela en las mayores le gusta ayudar a los jóvenes, porque le
tocó hacerse a sí mismo; en su época no había instructores de bateo. El poder,
su marca de fábrica, lo obtuvo al trabajar en el conuco de su padre José, dice con
nostalgia, mientras se ríe

Antonio
Armas ya no da batazos laberínticos en el estadio Universitario. Su tarea,
ahora, como coach del Caracas, es ayudar a que otros lo hagan.

Cada tarde,
desde hace 40 años, se pone el uniforme con el que consiguió algunas de sus
mayores hazañas en el diamante. Todavía es una figura, pero él prefiere no
parecerlo. La humildad, dice, es la virtud más importante de un pelotero.
-¿Cuál es su mejor recuerdo en el beisbol?
-El día que
firmé. Tenía 17 años de edad. Siempre he llevado el beisbol en la sangre y el
corazón. Le debo todo.

-¿Qué recuerda de ese día?
– A mi papá
no le gustaba que yo jugara beisbol. Yo me le escondía para jugar y él me venía
a buscar con una correa. Cuestiones de los viejos de antes, no quería que me
lastimara o que rompiera la ropa. En esa época no existían los scouts, como
ahorita, ni escuelas de beisbol o academias. En un Nacional Juvenil estaban
seleccionando peloteros para un Mundial de la categoría, que iba a ser en
Maracaibo. Las cosas se fueron dando. Pompeyo Davalillo, Reinaldo Cordeiro y Oswaldo
Castellano me preseleccionaron y me gané un puesto. Recién llegado de ese
torneo, Pompeyo se apareció por la casa, diciendo que yo podía llegar lejos y
que quería hablar con mi papá.
-¿En qué momento él lo aceptó?
-Pompeyo
fue conmigo a Puerto La Cruz, a hablarle. Él trabajaba allá. Uno de sus
compañeros, llamado Juan Figueroa, le dijo: “Viejo, deje ir a ese muchacho. Si
tiene talento, dele la oportunidad”. Y cedió. Le dije a Pompeyo que tenía que
darme ese cheque antes de irme a Estados Unidos. Era el premio para mi papá.
Éramos una familia pobre, todavía lo somos, a mucha honra, y quería darle esos 5.000
dólares a él y a mis hermanos. Hice lo mismo con los 30.000 bolívares que me
dio el Caracas.
-¿Fue muy difícil comenzar?
-En 1972, en
las menores de los Piratas, éramos como 80 o 90 peloteros en competencia para
ganarse el puesto. Yo ni siquiera tenía oportunidad de jugar en clase A floja. Cuando
el manager de doble A pidió que le consiguieran alguien para ser recogebates, me
mandaron a mí. Fueron pasando los días y yo de recogebates. Estaba molesto, pero
el mexicano Mario Mendoza me dijo: “No te molestes. Están viendo tu actitud y
te pueden botar por malcriado”. Me quedé tranquilo y seguí recogiendo bates. A
la semana, jugando los equipos de triple A y doble A, se lesionó el
centerfielder de doble A. El manager pidió un outfielder y me mandaron a mí. Comencé
a batear todos los días y me gané el puesto. Puede decirse que me gané el
puesto en doble A como recogebates. No jugué un encuentro en clase A.
-¿Ya su padre estaba feliz de que jugara?
-Muchos
amigos le echaban broma. Yo les pedía que lo dejaran tranquilo. Pero a la larga,
fue la persona más orgullosa de su hijo. Después firmó Marcos, después Julio,
después de mi hijo Tony. Al final, fuimos una familia feliz.
-¿Cuál es el mejor recuerdo de familia que
comparten?
-El día que
los tres hermanos jugamos al mismo tiempo en el outfield, en mi última
temporada. Fue con los Caribes. Me retiré después de eso, porque mis rodillas
no daban más. Fue inolvidable el día de mi último juego. Estaba toda mi familia,
y yo, allá afuera, rogaba que pasara rápido, porque sabía que era el último y
que no volvería a jugar más.
-Ese día, en su último turno, dio un jonrón.
¿Qué pensó al correr por las bases?
-No pensé
nada, sólo hice swing. Lo más agradable es que fue contra el Caracas y estaban
todos mis amigos.
-¿Fue muy triste entrar al clubhouse y quitarse
el uniforme por última vez?
-Ya no podía
con la rodilla. Es muy difícil jugar un día y pasar una semana descansando. Me
preparé y preparé a todo el mundo, pero no es fácil. Sabía que aquel era mi
último turno y pensaba que no me iba a adaptar.
-Luego tomó otro turno, años después, en un
Juego de Estrellas, y volvió a botarla. ¿Ese jonrón sí lo buscó?
-Pompeyo
era el manager y me dijo: “Ponte el uniforme, que vas a jugar”. Yo le dije que no,
que tenía cuatro años sin jugar ni tomar práctica. “Que tienes que jugar”, me
insistía. Imagina la responsabilidad. El juego era en homenaje a mí, así que
acepté. Me puso como designado. Me abrieron con recta, hice swing y bateé un
foul para el dugout. Estaba perdido. Cuatro años sin agarrar un bate. Me
tiraron curva y di otro foul al lado contrario. Me volvieron a tirar curva y le
di. No sé, cosas del destino. La bola chocó con el bate y la saqué. Fue como un
chiste. Yo le decía a todos: “¿Ven? Ustedes juegan todos los días, pero yo la
saco sin tener que practicar”. Todos nos reímos. Tuve suerte.
-De tantos encuentros aquí, en grandes ligas y
en la Serie del Caribe, ¿cuál le dio mayor satisfacción?
-El que
ganamos en México para conseguir la Serie del Caribe. Yo estaba en primera, con
dos outs. Salí en bateo y corrido, el rightfield tuvo un parpadeo y anoté la carrera
del gane. Eso nos dio el campeonato en la Serie del Caribe. Antes era un orgullo
ir a la Serie del Caribe y uno se mataba por ir al Juego de Estrellas.
-Los aficionados de los años 70 y 80 no
olvidamos aquel Juego de Estrellas en las mayores, cuando el manager Joe
Altobelli le dejó en el círculo de espera. ¿Tuvo alguna tristeza mayor que esa?
-No. Yo
quería demostrarle que sí podía. Ese año fui líder jonronero en la Liga
Americana y los fanáticos pasaron meses escribiéndole cartas, reprochándole que
no me diera el chance. “Tony, ¿qué te hice, que tengo a la fanaticada diciéndome
de todo?”, me decía. Para él, también fue un trauma.
-¿Recuerda el episodio más extraño en un diamante?
-Una vez,
jugando en la rookie, me trajeron a un zurdo. Hice swing y fallé, pero la bola
me dio en la pierna, así que salí corriendo a primera. El umpire me gritó que era
el tercer strike y que estaba ponchado. Yo le decía que la bola me había pegado.
Pasé una pena. Estaba comenzando.
-¿Qué es lo que más le entusiasma cuando ve un
novato con talento?
-La
agresividad y la humildad. Si eres malcriado, no te van a querer. Pero si eres
humilde, trabajas y eres agresivo, vas a llegar rápido. Hay peloteros que
firman un buen contrato, piensan que tienen la vida hecha y ya no son tan
agresivos. Y yo me pregunto, ¿por qué? Le ha pasado a muchos, por conformismo.
Nosotros, en aquella época, no teníamos instructor de bateo, no veníamos de
ninguna escuela. Había que trabajar duro y ganarse el puesto.
-De todos los jonroneros que vinieron después,
¿a cuál disfruta más verlo batear?
-De
muchacho, mis peloteros favoritos eran César Tovar y Vitico Davalillo. Siempre
fui caraquista. Pero a los que vinieron después de mí los he disfrutado a
toditos. Tanto a Bob Abreu como a Andrés Galarraga, Magglio Ordóñez, a todos. Y
Miguel Cabrera, ni hablar. Es un fenómeno. Yo tenía fuerza, pero bateaba para
una sola banda. No recuerdo a alguien como él, que batee con tanta fuerza tanto
por la raya del rightfield como por la del left. Es una cosa extraordinaria.
-¿Está feliz con su larga carrera?
-Orgulloso
con mi carrera y con lo que hago ahora. Puedo trabajar con jóvenes, a diferencia
de mi época. Entonces no teníamos instructores de bateo.
-Ni se hacían pesas. ¿Cómo hizo para tener
tanta fuerza?
-Imagino que
eso vino de trabajar en el conuco de mi papá. Estaba como a 15 o 20 kilómetros
de la casa. Yo tenía que venir cargado con sacos de patilla, maíz, auyamas.
Imagino que ahí sacamos nuestra fuerza, todos. Mi hermano Marcos, también
Pedro, todos éramos fuertes. Lo mío siempre fue la fuerza bruta.
Publicado en El Nacional, el domingo 27 de octubre de 2013.

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